martes, 2 de octubre de 2007

MASTER EN CINEMATOGRAFÍA


Las Universidades de Córdoba y Málaga han organizado el primer Master en Cinematografía en la Comunidad Autónoma de Andalucía, y por el número de profesionales que participan es un máster novedoso en España. Con él se pretende crear un marco de aprendizaje especializado en Cinematografía con vistas a la adapatación del espacio europeo y al mismo tiempo servir de plataforma para futuros profesionales del medio audiovisual.


sábado, 22 de septiembre de 2007

"EN LA CIUDAD DE SILVIA": ENSOÑACIÓN Y REALIDAD



No es fácil encontrar en las carteleras de nuestras ciudades películas sobre las que poder reflexionar y que, además, supongan un placer para nuestros sentidos; por eso, durante mis breves estancias en Madrid, no desaprovecho la ocasión de acercarme a alguna sala de cine en la que intuyo que estos dos fenómenos se aúnan cuando la luz se apaga y comienza el espectáculo. En mi último viaje a la metrópolis, decidí penetrar En la ciudad de Silvia, el último film de J. L. Guerín, decisión que, a la postre, considero muy acertada porque no defraudó mis expectativas, algo que no ocurre con frecuencia.


El argumento es sencillo, o quizás no tanto. Se trata de un hombre, una mirada masculina por tanto, que busca en cada rostro de las mujeres con las que se cruza a su mujer ideal. El lugar elegido por el cineasta es Estrasburgo, una ciudad medieval, peatonal y silenciosa donde, según el propio Guerín, “era posible crear un relieve sonoro”. Durante tres días, separados entre sí por intervalos de sombras, el protagonista de este film, -me refiero al que aparece en la pantalla, porque, sin lugar a dudas, la acción de la película recae en la complicidad del espectador que la observa, siguiendo las directrices ya marcadas por Bergman, Godard, o Antonioni- proyecta en las páginas en blanco de un cuaderno, instantes fugaces provenientes de aquellos rostros femeninos que encuentra a su paso y que, por algún motivo, le atraen.


La película juega con el suspense; con el suspense abismal que provoca la mirada de un hombre dirigida a una mujer. La cámara, cómplice del mismo, mira con el protagonista, pero también lo mira a él. Los encuadres fijos se suceden mientras el interior de los mismos se transforma haciéndose presente en ellos el tiempo y el juego con la profundidad de campo, alternando el enfoque y desenfoque de la imagen tanto en primer término de la composición como en el último término de la misma. Encuadres que muestran manos que se agitan; labios que se mueven emitiendo sonidos mudos; detalles del pelo, la boca o los ojos de aquéllas, que, sin imaginarlo siquiera, están siendo observadas escrupulosamente. Y mientras esos rostros que se suceden en la pantalla son silenciados, los sonidos de la realidad que envuelve a la ensoñación del protagonista –pakistaníes que venden rosas, acordeonistas rumanos, conversaciones de transeúntes que cruzan las calles, etc.- configuran la banda sonora del film.


Sin embargo, estos encuadres fijos de la primera parte dejan paso a otros móviles cuando el protagonista, entre todos esos rostros femeninos que va diseccionando, descubre uno que le llama especialmente la atención; inicia entonces una persecución por las calles angostas y silenciosas de esta ciudad europea, casi tierra de nadie. Los campos vacíos se suceden y la cámara se detiene en ellos hasta que un personaje ocupa el espacio; y así, entre travellings de acompañamiento y encuadres fijos, el protagonista descubrirá que la mujer a la que persigue resulta no ser quien él cree. Es entonces, cuando la cámara se hace autónoma, y al más puro estilo antonioniano en el final de El eclipse, recorre aquellos espacios en los que ha tenido lugar la persecución.


Señalaría un último detalle que contribuye a que el suspense en el film aumente, la ausencia de nombres propios correspondientes a los protagonistas; sólo a esta mujer imaginaria se le concede entidad en el mismo con el nombre de Silvia; no obstante, hemos de tener en cuenta que no es el único nombre que aparece en el universo diegético de la película. Pero no seré yo quien destruya todo el suspense que la misma genera, así que ese detalle me propongo dejarlo para que lo descubran todos aquellos que quieran aproximarse a En la ciudad de Silvia. Sólo diré, para concluir, que cuando abandoné la sala donde se proyectaba el film, mis sentidos, más sensibles de lo habitual, me hicieron consciente de una realidad que en la cotidianidad se nos escapa.

viernes, 21 de septiembre de 2007

ARQUEOLOGÍA

Este verano he tenido la oportunidad de sumergirme en el maravilloso mundo de Indiana Jones y la Arqueología. Un viaje fallido me llevó a organizarme el verano rápidamente y, buscando, buscando, apareció mi oportunidad:
“Prácticas Arqueológicas de Campo en Excavaciones Abiertas” . Así, el 6 de Agosto comenzó mi aventura y la de ocho licenciados con su carrera recién salida del horno. Ha sido un mes de aprendizaje intenso: calcular niveles, identificar piezas, cavar, calcular hipotenusas…Es curioso, porque cuando lo recuerdo, no pienso en los madrugones, en la espalda doblada, o en el polvo que tragamos. Aparece en mi memoria como algo fantástico, como si la aventura de sumergirse en el pasado y andar pisando por el siglo XVI hubiese sido la realización de un film. Geena Davis dijo cuando acabó de rodar “La isla de los piratas de las cabezas cortadas” -donde interpretaba a la pirata Morgan- “…qué pena que se termine el rodaje y dejar de ser una pirata”.

Tras esta vivencia, sólo me queda hacer una reflexión: se gestiona adecuadamente la cultura para llegar a los individuos o somos los individuos los que movidos por nuestra curiosidad debemos llegar hasta ella. Por qué todos fuimos a ver Indiana Jones o hemos leído “El origen perdido” y tan poca gente tiene la curiosidad de meterse en una excavación –experiencia que recomiendo-.

He escuchado entre los arqueólogos la palabra difusión. Y es que un mundo tan atractivo como el de la Arqueología debe encontrar ese canal de difusión –al margen del cine y la novela- entre la gestión y la curiosidad. Sólo así nuestros sueños de convertirnos en héroes y encontrar tesoros podrán hacerse realidad.

miércoles, 12 de septiembre de 2007

¿UNA CENA EN RATATOUILLE?



Ayer, dos niños a quienes adoro, me llevaron al cine. La película seleccionada fue Ratatouille, la última producción de la compañía Pixar. Allí, en la sala, entre Chetos y refrescos, una rata con ambiciones nos hizo reír, soñar y emocionarnos; el marco elegido París, la ciudad donde todos los sueños pueden hacerse realidad. Y es que Remy, así se llama nuestro protagonista, es una rata de campo cuyo deseo es convertirse en un gran chef aprovechando su talento innato para con el arte culinario.


El sueño americano se pone de manifiesto en cada uno de los segundos de duración del film. El lema, “todo aquel que se lo proponga puede conseguirlo”, se explicita en numerosas ocasiones, comenzando por la frase que da título al libro del gran maestro de la cocina francesa Gusteau, fiel consejero en la sombra de nuestra rata protagonista. La estructura del film, ejemplarmente clásica, pone de relieve la importancia de este héroe peludo que en todo momento sustenta la acción, al igual que cualquiera de los clásicos; pienso en algunos de ellos como Roak, el protagonista de El manantial de K. Vidor. Uno y otro, defienden con valor y coraje aquello en lo que creen consiguiendo finalmente sus propósitos, por mucho que éstos puedan resultar increíblemente inverosímiles. Porque ¿quién podría apostar por el futuro como gran chef de una rata proveniente de las alcantarillas, eso sí, parisinas? Es entonces cuando a una no le importaría ser un animal peludo, si ello lleva implícito el éxito; seguramente porque los espectadores, acostumbrados al relato clásico tradicional, sometidos a los dictados causales y psicológicos propuestos por la narración, poseemos una disposición mental que puede activarse con cualquier film en concreto y contrastarse con él, aunque la idea sea de lo más disparatada.


Esta idea, precisamente, de convertirse uno mismo en el dueño de su destino la pudimos ver recreada en el film Bebe, el cerdito valiente, una producción australiana que cuenta la historia de un cerdito cuyo propósito es convertirse en un perro ovejero, aunque para ello ha de renunciar a sus orígenes. En Ratatouille la cosa se complica cuándo sin perder su entidad como rata, Remy, consigue su sueño. “No importa que seas diferente, ni cuál sea tu procedencia si los demás te ven como tú quieres”. Es entonces cuando entra en escena uno de los personajes más interesantes del film. Desde el lado de las sombras llega Ego –nombre que, por cierto, no responde al azar-, un temido crítico en materia culinaria. Esta especie de Nosferatu, consciente de su poder reclama al misterioso chef una nueva perspectiva, convencido a la vez de no encontrar respuesta. Pero, sorprendentemente Remy con el plato que posteriormente lo haría famoso, el ratatouille, consigue ablandar el paladar y el corazón de aquél que un día hiciera temblar con su pluma los cimientos del restaurante Gusteau. Paradójicamente las necesidades artísticas del crítico se ven satisfechas por una rata, lo que demuestra que el arte puede hallarse en los lugares más recónditos e insospechados, y cuando casualmente nos encontramos con él sólo hay que dejar que invada nuestros sentidos.


He de reconocer, concluyendo, que no soy muy asidua del cine de animación, pero Ratatouille colmó con creces mis expectativas y las de mis jóvenes acompañantes.

sábado, 8 de septiembre de 2007

MEDEM Y EL ETERNO RETORNO




Lejos de hacer la crítica sobre el último trabajo de Julio Medem, Caótica Ana, me gustaría aprovechar estas líneas para realizar un breve análisis sobre aquellas imágenes y conceptos que aparecen en el film susceptibles de ser analizados, sin entrar en disquisiciones subjetivas acerca del mismo.

La película cuenta la historia de Ana, una joven pintora, educada por su padre hippy tras el abandono familiar por parte de la madre de la protagonista. Su hogar, una cueva ibicenca de la que se alejará tras haber sido descubierta por una “cazatalentos” francesa; ésta le propone marcharse a Madrid junto a otros jóvenes de parecidas características para, según ella, estudiar y profundizar sobre aquello que la hace especial. Una vez en allí, Ana conoce a Said, de quien se enamora; y descubre, mediante hipnosis, algunas de sus vidas y, sobre todo, sus muertes anteriores.

El film comienza con una imagen bellísima de una paloma en plano detalle que surca el cielo. Mientras, un halcón espera el momento de ser liberado para atrapar a su presa, la frágil paloma. Sin embargo, sucede algo imprevisible, el animal, en pleno vuelo, suelta sus excrementos encima de su asesino en lo que, casi al final del mismo y en una secuencia que nos conduce de nuevo a este comienzo, será denominado por Ana, la protagonista, como “un gesto poético”. No por ello, el ave portadora de la paz quedará libre de castigo y, finalmente, acabará atrapada entre las garras de la muerte mientras la cámara se detiene en mostrar su agonía.

A partir de entonces, las metáforas se suceden en esta película en la que el tema central es la reencarnación. Sin embargo, ésta termina siendo sólo una excusa bajo la que subyacen, de manera alegórica en muchas ocasiones, otras materias por las que el cineasta donostiarra se ha venido interesando a lo largo de su trayectoria profesional, tales como, la mitología vasca, la filosofía o el arte. Así, la cámara, mediante una panorámica, se desplaza por algunos de los títulos que configuran la biblioteca de Said, un joven refugiado de Tinduf, en el desierto de la Hamada, representante del conocimiento en esta historia.

La protagonista en cambio, no quiere profundizar, no quiere saber nada. Prefiere permanecer, tal y como lo hiciera la diosa Mary, en sus habitáculos subterráneos, ligada a la superficie sólo a través de pozos, simas y cavernas, llenas de puertas que cuando se abren sólo muestran dolor y muerte, y la imposibilidad de unión entre el hombre y la mujer, precisamente porque ser él el destructor de ella. Pero Ana no estará mucho tiempo en el lado de las sombras y, al igual que describiera Platón en el mito de la caverna, la protagonista será introducida por la “madame” o mecenas, como ella misma se autodenomina, hacia el mundo de las ideas y el conocimiento. Al borde del abismo, Ana contempla ese paso intermedio entre el mito y la filosofía, encarnado en unas imágenes que dan cuenta del sol, la luna, la tierra y el agua, y que representan aquello que algún presocrático denominó Teoría de las cuatro raíces, según la cual éstas están sometidas a dos fuerzas, que pretenden explicar el movimiento (generación y corrupción) en el mundo: el Amor, que las une, y el Odio, que las separa.

No obstante, Ana decide dar el salto, y la encargada de guiarla por ese otro mundo, el del conocimiento, es Linda; lo hará mediante un ojo, el de su cámara de vídeo, mostrando a la protagonista la realidad y el dolor que supone liberarse de las ataduras y las cadenas del desconocimiento. Unas pinturas a la cera, de vivos colores y estilo un tanto naif, vinculan a la protagonista con sus vidas anteriores, contrastando así con esas otras que son mostradas a través del ojo de la cámara de Linda y que representan el presente más inmediato.

Huyendo de este dolor al que anteriormente hacía referencia, Ana llega al país de la libertad; allí se reencuentra con sus ancestros y sus orígenes. Para ello habrá de atravesar el mítico paisaje fordiano del desierto de Arizona, con el Monument Valley al fondo, mientras es guiada por Anglo, su hipnotizador hacia la reserva de los hopies donde finalmente parece encontrar su función.

En la última parte de la película, Ana se alza en defensa de aquellos que mueren porque otros así lo han decidido. De esta empresa particular saldrá mal herida, pero victoriosa a la vez. Así es señalado por esa imagen de la Victoria de Samotracia que aparece fugazmente al final del film, subrayando el triunfo en la guerra y la participación triunfante en la vida, de la paloma sobre el halcón, en definitiva, de la vida sobre la muerte.

viernes, 3 de agosto de 2007

MICHELANGELO ANTONIONI HA MUERTO

El día 30 del pasado mes murió Michelangelo Antonioni. Estas palabras hoy aquí quieren ser mi pequeño homenaje a aquél que un día ocupó gran parte de mi tiempo y de mi vida. La noticia me sorprendió en el coche, durante el regreso de mi viaje a Asturias; por supuesto, me sobrecogió, y sentí que algo de mí se iba con él. No diré que gracias a Antonioni aprendí a amar el cine, porque fue mi amor por éste lo que me llevó a concer la obra del gran cineasta italiano y a él mismo; pero en sus films descubrí universos cinematográficos a los que yo había permanecido ajena. A través de sus personajes me adentré en el conocimiento de algunos de los males característicos de nuestra época, la crisis de los sentimientos sobre todo, y pude entender algunos comportamientos inherentes al hombre sin entrar a juzgarlos.

Si tuviera que destacar algo sobre la trayectoria profesional de Michelangelo Antonioni, ello sería su incesante búsqueda de la verdad, en esa idea del propio cineasta de que "el cinematógrafo debe estar más ligado a la verdad que a la lógica"; una verdad reconocida por todos aquellos que han llegado a amar las imágenes que muestran los films antonionianos, así lo demuestran palabras como las que Sophia Loren dedica al maestro en su noventa cumpleaños: "Con tu silencio me has hablado, con tu mirada me has tocado el corazón, con tus manos me has guiado a través de tu verdad".

Según lo que he podido leer, su familia ha confirmado que murió "plácidamente" en un sillón de su casa de Roma, un sillón que yo tuve la suerte de conocer cuando Antonioni me recibió en ella. Aquel día, al adentrarme en la casa del cineasta, después de varios años estudiando su filmografía, me parecía estar profanando un lugar sagrado. Este sentimiento se acrecentó cuando Enrica, su esposa, me dijo, "se encuentra usted ahora mismo en el que ha venido siendo el estudio de Michelangelo durante los últimos cincuenta años" , entonces ella se marchó a buscar al maestro, y mientras los esperaba, me detuve en observar los objetos que poblaban aquel santuario en el que yo me encontraba inmersa. Las paredes estaban forradas de estanterías repletas de libros y de cuadros de Antonioni, algunos de ellos, según me cometó Enrica instantes después, de reciente elaboración. De entre todo aquello que me rodeaba me llamaron la atención tres cosas, una bella colección de pebeteros antiguos, un viejo gato negro que me hizo compañía en los instantes previos a la aparición del cineasta y su esposa, y los libros depositados en aquellas estanterías que amueblaban parte del estudio. Me resultó muy interesante el hecho de que predominaran en la biblioteca del cineasta ferrarés los libros de arte, sobre todo de pintura y arquitectura, incluso más que los referentes a temas cinematográficos. Después de haber observado todo aquello, y de haberme emocionado ante la presencia de aquel hombre tan especial para mí, pregunté a Enrica, ¿qué es el arte para Michelangelo Antonioni? y ella respondió: "El arte para Michelangelo creo que ha sido siempre lo más importante. Él ha estado siempre muy atento al arte que lo rodea, a la pintura, a la música. Cada vez que hace un film no hace otra cosa que adentrarse en aquello que el mundo le ofrece desde el punto de vista artístico".

Así lo percibí aquel día y así lo confirmo hoy. En la obra del artista podemos descubrir un compromiso ético y y estético consigo mismo y con la sociedad; un compromiso que, más allá de convertir su cine en una forma de espectáculo, lo eleva a la categoría artística. De modo que su obra puede ser entendida como un empeño de la inteligencia por comprender y hacer comprender el mundo desde una perspectiva puramente intuitiva. La filmografía de Michelangelo Antonioni es la respuesta de un hombre que ante la presencia devoradora del tiempo y la muerte, ante su angustia y preocupación por inmortalizar su creación artística, entrega al mundo sus joyas más preciadas, esperanzado que, al menos una minoría con intereses parecidos a los suyos, pueda entender aquello que el artista ha cedido a la sociedad con la intención de que aquellos que vean su obra contemplen en ella la eternidad.

Gracias MAESTRO.

sábado, 23 de junio de 2007

LA "DESGRACIA" DE LLAMARSE SADDAM

La película ganadora de la Alhambra de oro de Granada, en la I Edicidón del Festival de Cine de Granada, "Cines del Sur", ha sido Crossing The Dust (A través del polvo) del cineasta Kurdo Amin Korki. Ésta se sitúa temporalmente en el momento en que Irak es liberada del régimen de Saddam Husein, y narra las pocas horas en que dos soldados kurdos, cuya misión es llevar comida a unos compañeros que los esperan, por una broma del destino, encuentran perdido, en un camino polvoriento, de no se sabe en qué lugar de un país extremecido por el dolor, a un niño de cinco años iraquí, llamado Saddam a causa de la recompensa que sus padres recibieron por llamarlo así, que se ha perdido. De los dos soldados, el más joven decide hacerse cargo del niño y encontrar a su familia, mientras el otro reniega de aquel pequeño, perteneciente al pueblo que dejó una herida amarga en su vida.

La película, con claras reminincencias del cine europeo, comienza con la decapitación de una estatua del dictador, Saddam Husein, mientras que una muchedumbre contempla la caída de la cabeza de éste que, finalmente rueda por el suelo. Cuando ví estas imágenes, no pude sino pensar en aquella espectacular caída de la estatua del último Zar de Rusia en Octubre (Eisenstein, 1928). También allí rueda la cabeza del poder; una gran masa de gente, dirigida por el gran cineasta ruso, liliputienses si los comparamos con el tamaño de la estua, se suben literalmente a las barbas y los bigotes del Zar Nicolás II hasta separar la cabeza del cuerpo. El famoso montaje de atracciones de Eisenstein, es utilizado en Octubre para describir la victoria de los bolcheviques en el mes que da título la película, en 1917.

No obstante, los guiños al cine italiano son aún más notables. He leído en varios artículos las comparaciones establecidas por algunos críticos entre la película de Korki y el neorrealismo italiano, especialmente con Paisá de Rossellini, pero yo no me olvidaría de Vittorio de Sica y su Ladrón de bicicletas, eso por lo que respecta a la dramática realidad social que envuelve al film; ni tampoco dejaría de señalar esos ecos de comedia "a la italiana" que hace más llevadero para el público el dolor que subyace en las entrañas del mismo.

El paisaje desértico, el polvo, inevitable en éste, así como el color blanco de la túnica de Saddam, el pequeño intruso, en contraposición con el negro de las burkas de las mujeres, configuran el escenario natural de un pueblo desolado, por el que, a través de los ojos del soldado más joven, pude observar el dolor oculto de unas plañideras iraquíes que lloraban a sus seres queridos ante la sorpresa del joven; entonces pensé que, paradójicamente, sólo la muerte es capaz de igualarnos. Mediante los pocos y bien utilizados flash-bak que utiliza el cineasta kurdo, me trasladé al mundo del horror, el de una guerra que, como todas, no sólo mutila los cuerpos, sino también los corazones de aquellos que, inevitablemente, se ven atrapados por sus garras. No obstante, la película aboga por la bondad humana, aunque para ablandar el corazón del soldado kurdo que odia al pequeño desde el comienzo del film, deba morir aquel otro que no fue capaz de abandonar al niño. Es entonces cuando, tras recoger el cuerpo de su amigo muerto, termina haciéndose cargo de Saddam, mientras una refrescante y milagrosa lluvia -las lágrimas de Alá para los musulmanes- termina empapando el cadáver de aquél que yace en la parte trasera del vehículo que había conducido durante la mayor parte de los setenta y dos minutos que dura el film. Film, que de manera sencilla, sin complejidades formales, llega al fondo de aquellos corazones sensibles que lo contemplan.

He de confesar, que también yo salí del cine convencida de esa bondad humana que subyace en el interior de cada uno de nosotros; claro que eso fue antes de que, unas horas más tarde, un individuo me robara el bolso.